2022 | Dir. Ryan Coogler | PG-13 | 161 mins. | Marvel Studios

Black Panther (2018) fue algo sin prescedentes. Un exitaso como ningún otro. Aparte de romper un sinnúmero de records en taquilla, su mayor triunfo fue haber calado más allá de la cultura popular. Tanto “Black Panther” como “T’Challa”, se convirtieron en una representación –y celebración– de lo que una persona negra es y puede ser. La película le dio un nuevo valor histórico al personaje, cuyo origen se remonta a la década de los 60, durante la lucha real por los derechos civiles en Estados Unidos. Lucha que, hasta el día de hoy, parece no tener fin.

El legado que Chadwick Boseman (RIP) dejó con su interpretación es uno icónico y simbólico de por sí. Desligar al actor de su personaje es algo imposible. ¿Negar lo que ambos continúan inspirando? Mucho más.

Todo esto contribuyó a que no fuera tarea fácil superar a la Black Panther original. Añadiendo que, nadie podría imaginarse cómo sería hacer la secuela de una de las películas más importantes y queridas del siglo XXI sin su protagonista titular. ¿Cómo iba a ser posible continuar la historia de “T’Challa” y respetar la memoria de Boseman, teniendo en cuenta –a su vez– que es la trigésima (30) película de una franquicia en curso y el cierre a una de sus “fases”? Era algo titánico. Podía echarse a perder…

Pero no fue así.

Desde que Black Panther: Wakanda Forever (2022) arranca, lo hace bajo una atmósfera en donde impera el duelo y la tristeza. El rey de “Wakanda” ha fallecido, dejando atrás a una desconsolada familia que tiene que aprender a lidiar con su ausencia como hijo, hermano, monarca y protector. A eso, se le suman –también– las implicaciones geopolíticas a las cuales “Wakanda” debe enfrentarse como nación y la amenaza de una surgiente figura del fondo de los mares, que atenta contra la estabilidad y el orden mundial.

El personaje de “Shuri” es quien recibe –y carga– con el mayor peso en esta secuela. La princesa de Wakanda se encuentra en constante conflicto con ella misma, entre achacarse la “culpabilidad” de la muerte de “T’Challa”, sentir el miedo a perder a sus seres amados en cualquier momento, cumplir su rol como hija y querer aportar a la protección de su país y de su gente. Letitia Wright (Death on the Nile) logra dar una interpretación memorable, trasmitiendo convincente y efectivamente la vorágime de emociones a las cuales se enfrenta. Se vuelve una badass cuando es requerido, busca la comprensión ante todo y conmueve cuando tiene que hacerlo. Su personaje originalmente no fue diseñado para ser protagonista, pero es un reto que tanto Wright, como actriz, y “Shuri” afrontan destacablemente. Y hablando de destaques, Angela Bassett (American Horror Story) como la reina “Ramonda” está soberbiamente cabrona. Su temple y presencia escénica devoran todo a su alrededor cada vez que está en pantalla. Creo que es la primera vez en los casi 15 años de historia del MCU que una actuación es así de poderosa. Esta mujer merece todos los halagos.

Lupita Nyong’o (Star Wars) no se queda atrás. Una vez “Nakia” entra en acción, inyecta una energía necesaria para el flujo de la trama, demostrando una vez más que ambas Black Panther, cuentan con los personajes secundarios más notables, añadiendo –también– a Danai Gurira (The Walking Dead) como “Okoye” y a Wiston Duke (Us) como “M’Baku” a la lista. Cada uno de estos personajes cuentan con agendas y responsabilidades distintas a cómo los conocimos anteriormente, pero no dejan de ser necesarios cuando les es requerido. De quien no se puede decir lo mismo, lamentablemente, es de Martin Freeman (The Hobbit) como “Everett Ross”. Su personaje y su sub-trama, quedan relegados a terciarios y no aportan mucho a la historia principal. Eso, y haberlo vinculado a ______________ y su incómoda presencia como personaje, le restó relevancia.

¿De los nuevos? Dominique Thorne (Judas and the Black Messiah) como “Riri Williams” no deja mal sabor. Similar a como Captain America: Civil War (2016) se “detuvo” para introducir a “Spider-Man”, no entorpece tanto la trama y, al menos, tiene más carisma que “América Chavez” en Doctor Strange and the Multiverse of Madness. Las funciones de ambos personajes en sus respectivas películas son –prácticamente– las mismas, pero (a mi juicio) “Riri” gana la carrera.

¿Y “Namor”? Más que un villano, “Namor” es un anti-héroe. Quiere la protección de su pueblo, a como de lugar, sin importar las consencuencias. La secuencia de trasfondo que le dan al personaje es uno de las mejores de la película. Como boricuas y caribeños, podemos identificarnos grandemente con su procedencia y sus motivaciones. A su vez, comparte similitudes con “Killmonger”, villano de la Black Panther original, y su ferviente desdén contra el imperialismo, colonialismo y la esclavitud. Nuevamente, lo étnico cobra relevancia y valor, permitiéndole a Tenoch Huerta Mejía (Narcos: México) volarse con su empático y temerario personaje. De este man y su hogar, Talokan, quiero volver a ver.

La labor de las actrices y actores es una encomiable, pero nada hubiera sido posible sin la dedicación de Ryan Coogler (Creed). El brother regresa como director/escritor y su visión ha sido el secreto detrás de lo que implica (y significa) ser “Black Panther”. ¿Su mayor virtud? Contar con el bagaje cultural de ser un hombre negro afrodescendiente. Eso, sumado a sus sensibilidades y enfoques artísticos –más las aportaciones de Ludwig Göransson en la descomunal banda sonora (superándose a sí mismo) y el diseño de vestuario de Ruth Carter– han hecho que tanto Black Panther como Wakanda Forever sean de las películas con más identidad dentro del MCU y del cine comercial contemporáneo. En esta vuelta, Coogler mejora considerablemente su ojo para las escenas de acción y, a la misma vez, evidencia que es el aspecto que menos le interesa. Obvio, son “superhéroes” y hay unos convencionalismos por cumplir; pero es notable lo que verdaderamente le importa contar como cineasta: una historia que “signifique algo” y tenga resonancia.

Como capítulo final a la “Fase Cuatro” de Marvel, logra ser una de las mejores entregas de la misma. Cuida’o y no sea la mejor (sorry, No Way Home).

El tema central de esta fase, desde sus comienzos con WandaVision (2021) hasta ahora, ha sido la culpa, sus consecuencias y lo que significa ser un “héroe”. Dicha fase ha de-construído personajes e ideales, poniéndolos a prueba; tratando de que resurjan en un mundo donde pueden desaparecer, no haya tecnología ni ritual que los salve, que se vean obligados a navegar entre dimensiones para hallar respuestas y que nada ni nadie les garantice su seguridad. Es un panorama caótico, que siempre necesitará de “héroes” que brinden esperanza para seguir.

Wakanda Forever hace una labor admirable. Su mayor logro es balancear todo lo que es como película, tomando en cuenta la tragedia en la cual estuvo inmersa. Hay veces que raya en la excelencia y conmueve hasta las lágrimas. También, hay otras en que queda corta buscando cumplir con los requisitos de ser “un capítulo más” dentro de su interminable franquicia. Aún así, es una experiencia satisfactoria y digna de su predecesora. No la supera, pero sí la complementa.

Solo resta darle las gracias a Chadwick Boseman y que siga descansando en poder. Por él, hoy y siempre, los brazos cruzados junto al pecho tienen algo que decir y transmitir… “¡WAKANDA FOREVER!

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